La extraordinaria historia del secuestro de un barco por el que nadie quería pagar el rescate

Sudeep Choudhury confiaba en que trabajar en la marina mercante le permitiría llevar una vida mejor y llena de aventuras.

Pero un viaje en un tanquero en África Occidental, en aguas peligrosas lejos de su hogar, hizo que la vida de este joven graduado diera un vuelco repentino.

Su futuro pasó a depender de una banda de piratas de la selva y de los caprichos de un misterioso personaje llamado “El rey”.

El MT Apecus ancló cerca de la isla nigeriana de Bonny poco después del amanecer. Sudeep Choudry estaba terminando su turno de limpieza y drenaje de la cubierta del barco. Frente a él pudo distinguir una decena de barcos. Y, más atrás, una columna de tanques petroleros blancos se alzaban sobre el mar como gigantes.

Sudeep desayunó y después hizo dos llamadas. Una a sus padres —sabía que estaban preocupados por él, su único hijo— y otra a su prometida, Bhagyashree. Le contó que todo sucedía como estaba planeado y que la llamaría más tarde en el día.

Luego se fue a dormir.

Era el 19 de abril de 2019. El pequeño y viejo barco petrolero y su tripulación de 15 personas había pasado dos días navegando hacia el sur desde el puerto de Lagos, en el delta del río Níger en Nigeria, donde empresarios holandeses y británicos habían encontrado petróleo en los años 50.

Aunque él sabía que en las laberínticas tierras del delta se podían encontrar con violentos piratas, Sudeep se sintió seguro aquella mañana. Varios botes de la marina nigeriana patrullaban con regularidad aquella zona y estaban apenas a unas siete millas náuticas (12 km) de la costa, esperando un permiso para entrar al puerto.

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Las cálidas aguas del golfo de Guinea, que baña las costas de siete naciones africanas, son las más peligrosas del mundo. Hace poco ese título correspondía a Somalia, pero ahora esta área es el epicentro de la piratería moderna.

De todos los actos de piratería y abordajes ilegales que ocurrieron en los mares del mundo, el 90% de ellos ocurrió aquí.

Unas 64 personas fueron retenidas en seis naves en los últimos tres meses de 2019, de acuerdo a la Asociación Marítima Internacional, que se encarga de registrar este tipo de incidentes.

Hay muchos más incidentes que no han sido reportado

El abundante petróleo encontrado aquí podría haber vuelto ricas a las personas de este sitio, pero para la mayoría de ellos ha sido una maldición.

Los derramamientos del crudo han envenenado el agua y la tierra, y las disputa para definir quién puede beneficiarse del petróleo ha impulsado el crimen y el conflicto desde hace varias décadas.

En las poblaciones que viven cerca de los oleoductos que han producido miles de millones de dólares para el gobierno de Nigeria y las compañías internacionales, la esperanza de vida no supera los 45 años.

Grupos militantes, que tienen nombres de héroes de cómics como Los Vengadores del Delta del Níger, han volado oleoductos y paralizado la producción para exigir la redistribución de la riqueza y los recursos.

Los ladrones de petróleo se las ingenian para extraer ilegalmente el crudo y procesarlo en refinerías artesanales que están escondidas en el bosque. El nivel de violencia en el delta sube y baja, pero la amenaza siempre está allí.

Sudeep se despertó unas horas más al escuchar gritos y golpes. El centinela que estaba en la cabina de mando del barco alertó sobre la presencia de un bote de alta velocidad que transportaba a varios hombres armados.

Su llamado de urgencia alertó a toda la tripulación. Ellos no podían detener a los piratas, pero al menos podían esconderse.

Sudeep, con apenas 28 años, era el tercer oficial, estaba a cargo de otros cinco tripulantes indios. No había petróleo en el barco, así que él sabía que los iban a secuestrar para pedir un rescate.

Aunque los estadounidenses y los europeos son los cautivos por los que se paga más dinero, la mayoría de los secuestrados son personas que vienen de países en desarrollo.

En el Apecus los únicos que no eran africanos eran los indios.

Con menos de cinco minutos para actuar, Sudeep reunió a sus hombres en el cuarto de máquinas y los metió allí, antes de encender la alarma que avisaría a todos los tripulantes del barco.

Cuando regresaba se dio cuenta de que solo iba vestido con ropa interior. Pero no había más tiempo: los piratas, encapuchados, vestidos con camisetas y terciando rifles de asalto, ya estaban en el bote.

Los indios decidieron esconderse en un pequeño depósito, donde se ocultaron entre cables y otros suministros eléctricos. Intentaron mantenerse tranquilos a pesar de la situación.

Desde allí podían escuchar cómo los piratas tomaban el barco. Los marineros temblaban de miedo, pero permanecieron callados.

Muchas embarcaciones que navegan por esta región tienen cuartos de seguridad donde la tripulación puede estar a salvo, pero el Apecus no contaba con una de estas habitaciones. Los hombres pronto se acercaron al depósito y abrieron la puerta.

“Salgan”, dijeron.

Uno de los hombres armados disparó al suelo y uno de los fragmentos del proyectil hirió a Sudeep. Los piratas sabían que tenían que actuar con rapidez. El capitán había hecho un llamado de emergencia y era posible que otras embarcaciones hubieran escuchado los disparos.

Los atacantes les ordenaron a los indios bajar por una de las escaleras externas del barco a un bote de dos motores.

Todos ellos bajaron. También lo hizo el capitán de la embarcación.

Los seis rehenes —cinco indios y un nigeriano- se acomodaron como pudieron dentro del bote que partió a toda velocidad. El resto de los tripulantes, incluido un indio que había logrado evadir a los piratas, emergieron sobre la cubierta, y observaron cómo el bote se alejaba hacia el delta con sus rehenes, dejando al Apecus flotando a la deriva.

Entonces llegó un mensaje de texto.

“Estimado señor, la nave de Sudeep ha sido secuestrada. El propietario griego está coordinando el asunto. No se asuste. No se le hará ningún daño. Por favor, tenga paciencia”.

El mensaje llegó a los padres de Sudeep, Pradeep y Suniti. Ellos habían hablado con su hijo pocas horas antes. El padre comenzó a reenviar el mensaje a los familiares y amigos cercanos.

¿Podría ser esto cierto? ¿Alguien había sabido algo de su hijo?

Sudeep no fue un un hijo ejemplar. Nunca se quedaba quieto y siempre estaba intentando huir en busca de aventuras. Su madre siempre estaba preocupada por él.

Ellos habían vivido en la costa este de India, en una ciudad conocida como Bhubaneswar. Pero con su prometida Bhubaneswar, Sudeep se marchó a África, donde iban a vivir de lo que pudieran conseguir.

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Se habían conocido cuando eran adolescentes.

Como pareja, eran el tipo de jóvenes con aspiraciones cuyos sueños se alejan de la idea de una familia tradicional y estable que sus padres han diseñado.

En India hay millones de ellos, graduados universitarios en una economía que cada día produce más jóvenes con diploma que trabajos bien remunerados.

Para Sudeep, un trabajo en un barco mercante era la promesa de escapar de todo eso.

Le contaron historias de que iba a ganar buen dinero, que habría trabajo y una oportunidad de ver el mundo. Pero él no estaba solo. Después de los filipinos e indonesios, los indios son las personas que más emigran de su país en búsqueda de oportunidades como marinos.

Cerca de 234.000 indios hicieron parte de tripulaciones en barcos extranjeros en 2019.

Pero obtener los requisitos necesarios es difícil, y Sudeep estudió por cinco años, un camino que le costó a su familia miles de dólares.

A los 27 años finalmente pudo aplicar a un trabajo como tercer oficial y se tatuó el brazo derecho para celebrarlo: el dibujo de un bote entre varios triángulos que simbolizaban el mar.

En la primera mañana después del secuestro, decenas de hombres emergieron de un bosque que estaba frente a ellos y comenzaron a disparar sus armas hacia el cielo por cerca de media hora para celebrar.

Los rehenes miraban la escena desde el pequeño bote donde los habían dejado.

Los encerraron en una especie de prisión que estaba dentro de la jungla y fueron contundentes con ellos: si nadie paga el rescate, los iban a matar.

Sundeep seguía en ropa interior, lo que lo había convertido en presa fácil de los mosquitos la noche anterior. Tampoco le habían curado la herida que el proyectil le había hehco en la pierna, por lo que se puso lodo en el orificio que le había dejado.

La humedad era constante, y tenían que compartir un colchón. Era un lugar difícil para conciliar el sueño.

Más temprano, los piratas habían traído un esqueleto que habían extraído del pantano, para mostrarle a los marineros lo que le pasó a un rehén extranjero cuyo jefe se negó a pagar el rescate.

No fue la única amenaza: al otro día trajeron varios ladrillos. Amenazaron con que si alguno de ellos intentaba algo, sería lanzado al mar con las manos atadas y con ese bloque colgando del cuello.

Los piratas se repartían la vigilancia de los capturados, y los que no estaban de turno, fumaban marihuana o tomaban algún licor. Pero ninguno de ellos dejaba de vigilar a los rehenes.

Sudeep intentó relacionarse con algunos de sus captores. Pero lo único que recibía era silencio.

El único dato que pudo obtener que es que había un jefe. Y lo llamaban “El rey”.

Sudeep y los otros hombres —Chirag, 22, Ankit, 21, Avinash, 22, and Moogu, 34— no tenían más opción que esperar. Su alimento era una ración diaria de fideos instantáneos que debían compartir entre cinco. Todo se fue volviendo una rutina.

Y lo único que podían beber era agua mezclada con lodo y petróleo.

Por su parte, al capitán nigeriano lo mantenían en una cabaña aparte y lo trataban un poco mejor. Y los indios comenzaron a odiarlo por ello.

Las condiciones eran casi infrahumanas. Pronto, Sudeep contrajo malaria. En sus delirios de fiebre imaginaba un escenario donde los piratas venían y lo mataban y ellos luchaban contra ellos.

Si iban a morir, ellos podrían matar a unos tres antes de caer muertos.

Sudeep pensaba muchas cosas. En escaparse. Pero sobre todo, en que su plan de casarse no se arruinase.

La primera exigencia de los captores fue una exorbitante suma de dinero. Millones de dólares. Algo que sería muy difícil de pagar. Pero eso tenía una intención: se venía una larga negociación.

Quince días después, llevaron a Sudeep a otra parte del bosque para que él hablara con el dueño del barco: el capitán Christon Traios. Su compañía, Petrogress Inc., con sede en Atenas, opera distintos barcos petroleros en África Occidental, con nombres estrambóticos como Óptimus e Invictus.

Lo único que sabía Sudeep de Traios es que era un hombre con mal carácter.

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“Señor, esto es horrible. Estamos en pésimas condiciones y usted debe actuar rápido porque si no nos van a matar”, le dijo Sudeep.

Su jefe, que estaba furioso con lo que había pasado, aparentemente no quiso ceder.

Pero los piratas fueron claros con Sudeep: “Solo queremos dinero. Pero si la gente no nos da la plata que estamos pidiendo, te vamos a matar“.

El modelo de negocios depende de lo que quieran ceder los dueños de los barcos. Generalmente están cubiertos por un seguro, y por eso no dudan en pagar por el rescate de su tripulación semanas después de negociaciones.

Pero en este caso se estaban enfrentando a un dueño de barco bastante terco. Entonces, el último recurso era llamar a las familias.

En India, los padres de Sudeep pasaron noches en vela. Sabían tan poco sobre lo que había sucedido que pensaban que había ocurrido lo peor.

Temían que su hijo nunca saldría de una guarida de piratas, la cual ni siquiera podían imaginar.

No había forma de que la familia pudiera pagar a los piratas directamente y nunca se consideró una opción seria. Además, el gobierno indio no paga rescates, pero esperaban que los pudiera ayudar de otras maneras: dando pistas al ejército nigeriano para que encontraran el campamento pirata u obligando al propietario del barco a pagar.

Bhagyashree y Swapna, un primo de Sudeep, se hicieron cargo de este esfuerzo. Acorralaron a los miembros de la familia de los hombres secuestrados en un grupo de WhatsApp para que pudieran coordinar los esfuerzos para liberar a sus hijos.

Bhagyashree se dio cuenta que los piratas no ganarían nada matando a los marineros. Pero estaba nerviosa porque no sabía cuándo se les acabaría la paciencia.

Presionar con todo lo que tenía en sus manos al dueño del barco parecía la única forma factible de sacar a su prometido.

En el automóvil, en el baño en el trabajo y en su casa acostada en la cama, ella estaba en línea, tuiteando, enviando correos electrónicos suplicantes a cualquiera que pudiera ayudar.

Después de tres semanas de casi silencio, el día 17 desde que se había iniciado el secuestro, las familias tuvieron un gran avance. Una hermana de uno de los hombres secuestrados, Avinash, recibió una llamada de su hermano en la selva nigeriana. Él le dijo que todos los hombres estaban vivos, pero que realmente necesitaban ayuda. Las otras familias llegarían a recibir llamadas de sus hijos en los próximos días.

Pero ni Bhagyashree y ni los padres Sudeep pudieron hablar con su hijo y prometido.

De repente apareció un hombre extraño. Un pariente de uno de los marineros que trabaja en la industria naviera, un hombre llamado capitán Nasib, comenzó a llamar a los piratas regularmente desde su teléfono satelital para verificar la condición de los hombres. Pero las pequeñas grabaciones de audio que publicó en el chat de WhatsApp no tranquilizaron a las familias.

En los audios se escuchaba que uno de los piratas indicaba que el propietario del barco “no se preocupa” por la vida de sus hombres y está “jugando”.

El 17 de mayo de 2019, día 28 desde que había comenzado el secuestro, los piratas le dieron a Sudeep la oportunidad de hablar con el capitán Nasib, quien le aseguró que la prueba duraría solo unos días más.

Pero a Sudeep, como oficial de alto rango, le dijeron que mientras tanto debía mantener la moral de todos. “Estoy intentando”, se puede escuchar a Sudeep respondiendo en hindi en una grabación de la llamada. “Dile a mi familia que me hablaste”.

Cada tanto, los indios eran trasladados de una guarida de la jungla a otra.

En un momento, cuando las negociaciones con el capitán Traios aparentemente se rompieron, el propio Rey comenzó a visitarlos.

No hablaba mucho, pero los otros piratas lo trataban con una reverencia que sugería miedo. Su estatus como líder del grupo casi parecía una consecuencia de su gran tamaño. Todos los piratas eran musculosos y amenazantes, pero El Rey era especialmente descomunal: al menos dos metros de altura.

Llevaba un arma mucho más grande que los hombres bajo su mando, y un cinturón de cuero lleno de balas siempre estaba atado alrededor de su enorme cuerpo.

Se aparecía cada cuatro o cinco días fumando calmadamente un poco de marihuana enfrente de los cautivos. Decía que el capitán Christos seguía sin cooperar y que eso tendría consecuencias.

El Rey hablaba deliberadamente y con un mejor inglés que los otros hombres.

Después de muchas semanas en cautiverio, los marineros estaban volviéndose huesudos y delgados; sus ojos tenían un color amarillo pálido y su orina era a veces roja como la sangre. Cada visita del Rey parecía que los acercaba al mismo destino del esqueleto que vieron sacar del lodo.

Las cosas tomaron un giro más extraño. Hasta este momento, lo que le había sucedido con el Apecus parecía ser sólo otro secuestro extorsivo oportunista. Pero, a finales de mayo, a espaldas de los hombres que se pudrían sobre esas tablas en el pantano, algo parecía apuntar a una serie de eventos mucho más complejos.

La Marina nigeriana había acusado públicamente a la empresa naviera de estar involucrada en el transporte de crudo robado del delta de Níger a Ghana. El ataque al Apecus y el secuestro, según la Marina, había sido en realidad provocado por un desacuerdo entre dos grupos criminales. Se habían realizado arrestos. El gerente de la compañía naviera en Nigeria aparentemente había confesado estar vinculado al comercio ilícito de petróleo.

El capitán Christos, el dueño del buque, lo negó enfáticamente. En correos electrónicos a los que tuvo acceso la BBC, acusó al gobierno de India de permitir a la Marina de Nigeria detener su embarcación y la tripulación con el fin de forzarlo a “negociar con terroristas” y tener que pagar un rescate “increíble”. Las autoridades indias disputan su versión de los hechos. La Marina de Nigeria no ha hecho comentarios.

Los secuestrados estaban en una situación precaria. Pero las acusaciones —que pusieron en riesgo las operaciones navieras en Nigeria del capitán Christos— parecieron motivarlo a alcanzar una resolución con los piratas.

Así que, el 13 de junio, la familia de Sudeep finalmente supo por una fuente del gobierno que las negociaciones se habían completado y que el pago se estaba coordinando. Al mismo tiempo, a los marineros en la selva les estaban diciendo que su calvario estaba probablemente llegando a su fin.

Los hombres se despertaron en la mañana del 29 de junio de 2019 igual a como lo habían hecho durante los 70 días anteriores. A media mañana, después de entregar los tazones de fideos, uno de los guardias señaló a Sudeep, le pidió que se acercara y le susurró que si las cosas salían bien, este podría ser su último día en la selva. Dos hora más tarde, el guardia regresó con la información: el hombre con el dinero se encontraba en camino.

El frágil ghanés de más de 60 años que se acercó en un barco esa tarde, agarrando nerviosamente una bolsa de plástico con dólares estadounidenses que se asomaban por encima, no parecía un veterano negociador.

A pocos minutos de su llegada, estaba claro que algo no andaba bien.

Un grupo de piratas empezó a golpear al viejo. El Rey, rugiendo que el dinero no era suficiente, sacó un pequeño cuchillo de su cinturón y apuñaló al hombre en la pierna, que quedó retorciéndose de dolor en el suelo enlodado.

Luego se acercó a los indios y les dijo que aunque el ghanés tendría que quedarse, los seis rehenes quedaban libres para irse. Sus hombres no los detendrían, pero si otro grupo pirata los encontraba, tendrían que arreglárselas por sí solos. Miró a Sudeep fijamente a los ojos: “Adiós”.

Los hombres no titubearon. Corrieron hasta la orilla del agua, donde estaba atracado el barco pesquero que trajo al hombre del rescate. Sudeep le dijo al navegante que los llevara al sitio de donde habían partido. Después de más de dos meses todavía estaba en su ropa interior, aunque los piratas le habían dado una camiseta rota para ponerse. El barco se mecía de lado a lado a medida que el motor lo impulsaba.

Después de casi cuatro horas, el navegante dijo que se le había acabado el combustible y paró en un muelle. A la distancia, en la periferia de una pequeña aldea, un grupo de hombres descalzos jugaban fútbol.

Los harapientos marineros se les acercaron. Cuando les explicaron que habían sido secuestrados, los hicieron entrar a una casa y les dieron botellas de agua que bebieron a borbotones, una tras otra.

Tres de los hombres más grandes de la aldea montaron guardia afuera de la casa que los hospedó durante la noche. Los indios, aunque débiles, finalmente se sintieron a salvo. “Fue como si Dios mismo los hubiera designado nuestros salvadores”, dijo Sudeep después.

Los hombres pronto se encontraron en la bulliciosa Lagos, esperando un vuelo a Bombay. Solo por primera vez en su habitación de hotel, Sudeep se sirvió una cerveza fría, llenó la bañera y examinó sus cicatrices.

Un pirata le había propinado una herida en el hombro con un cuchillo para cortar pescado hacía unos días, que le empezó a arder cuando se hundió lentamente en la bañera.

Un diplomático indio le había dado una cajetilla de cigarrillos y, en la hora siguiente, se fumó 12, uno tras otro, mirando el techo mientras el agua de la tina se enfriaba lentamente

Han pasado ocho meses desde que fueron liberados. Suniti, vestida en un sari amarillo, está sentada en el piso de la cocina, enrollando chapatis en un bloque de madera redondo. A unos metros, su esposo mira en la TV al equipo de cricket de India jugar un partido contra Nueva Zelanda.

“¡Sudeeeep!”, Suniti llama a su hijo para que baje a comer, pero suena como un grito de anhelo, como si estuviera asegurándose de que todavía está allí. Perdió más de 20kg en los 70 días que estuvo en la selva y regresó con la cara hundida. Su madre lo pesó cada dos días durante el primer mes, sintiéndose animada con cada kilo que aumentaba.

Bhagyashree le pasa a su suegra un plato de metal, las pulseras matrimoniales rojas y doradas se le deslizan por el brazo cuando lo alcanza. “Tenía confianza en que regresaría”, le dice. “Es apenas el comienzo para nosotros, así que ¿cómo podría pasar la vida sin él? Creí en el Todopoderoso, creí que regresaría, que tenía que regresar. Nada puede terminar así”.

Se casaron finalmente en enero. La pareja tiene su propio lugar arriba, pero todas las noches, los cuatro cenan en familia en la pequeña sala del piso de abajo. Esta noche, la prima Swapna —que hizo una feroz campaña para lograr la liberación de Sudeep— está de visita y canta una canción de amor al estilo de las películas de Bollywood de los 60, después de la cena.

De vuelta en su entorno íntimo de familia y comunidad, Sudeep parece haber encontrado estabilidad. Está trabajando en la escuela marina local, enseñando a jóvenes sobre la seguridad en los mares, aunque ha abandonado sus días de marinero. Deja entrever momentos de regocijo con su familia y amigos, pero es difícil saber qué secuelas le han dejado los meses en la guarida de los piratas. No se habla de ello.

“El trauma sigue ahí”, me cuenta, cuando conducimos por las oscuras calles de Bhubaneswar, con la música pop sonando por el altoparlante del auto. “Pero está bien. Me casé y todos mis amigos y familia están aquí… si regreso al mar, entonces lo que ha pasado volverá a mi mente”.

El calvario se acabó, pero Sudeep y los otros hombres se vieron enredados en un lío burocrático al tratar de que alguien tomara responsabilidad por lo que les había pasado. Desde su regreso, no han recibido sus salarios, ni compensación alguna.

Sudeep calcula que le deben casi US$10.000 de sueldo por los más de siete meses que estuvo en el buque y en cautiverio. El capitán Christos no respondió a las detalladas preguntas sobre el secuestro, si disputaba el hecho que le debía dinero a Sudeep y sobre la suerte del ghanés que se quedó atrás con los piratas.

Dijo en un correo electrónico: “Todo el personal secuestrado fue liberado y ha regresado a sus hogares, ¡gracias SÓLO a los dueños!” La compañía continúa negando que el Apecus estuviera involucrado en la compra de petróleo ilegal y en cambio alega que estaba en Bonny Island por reparaciones y para recoger provisiones. El caso está pendiente en un tribunal en Nigeria.

Lo que le pasó a Sudeep deja en evidencia la vulnerabilidad de aquellos que se encuentran en mares difíciles o explotados —una frontera donde las regulaciones y las protecciones laborales existen en teoría pero son difíciles de hacer cumplir.

Los marineros están al frente del comercio global: el petróleo nigeriano termina en las bombas de gasolina de toda Europa Occidental, incluyendo Reino Unido, India y otras partes de Asia. Los relatos como los de Sudeep, de los que hay muchos, también reflejan el costo humano de las fallas de seguridad en el Golfo de Guinea. A diferencia de Somalia, Nigeria —la mayor economía de África— no permite a las marinas internacionales patrullar sus aguas.

Después de todo lo que le ha pasado, parece cruel que Sudeep tenga que enfrentarse a otra lucha. Pero dice que quiere seguirla hasta el final. “Yo enfrenté esto y eso significa que puedo enfrentar cualquier cosa en mi vida”, dice en otro paseo nocturno en auto. “Nadie me puede quebrar mentalmente. Porque, para mí, es como me segundo nacimiento, estoy viviendo otra vida”.

Fuente:BBCMundo,
Diseño: Manuella Bonomi.Fotos: Sanjeet Pattanaik y Getty Images

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